EL BUEN PERIODISTA

Los invito a leer las huellas que voy dejando en este inhóspito camino hacia el buen uso del lenguaje.

miércoles, 13 de abril de 2011

CABALGANDO A MAL TIEMPO


Me han contado la sorprendente historia de un lapicero como ningún otro en este mundo. Un lapicero que remplaza las grabadoras de sonido y que guarda, en su inmensa memoria, cada palabra que escribe para luego grabarla en un computador como un archivo PDF. ¡Alucinante! Exclamaron todos, mientras preguntaban detalles sobre el funcionamiento del novedoso lapicero. ¿PDF? Ni eso entendí yo. Sufro de una inconveniente ignorancia tecnológica que me recuerda, día a día, la malévola ironía de encontrarme, a mis 22 años de edad, en el momento histórico más complicado de todos: la era de la información. Y la verdad es que la tecnología me abruma y me asfixia. La desprecio por incomprensible, extensa e inmediata.

Ese talento inherente a las nuevas generaciones, no lo tengo yo. Me quedó grande, en su momento, el Ataris, por ejemplo. Luego el Nintendo, y, por ultimo, ese imposible Playstation que pedí una navidad luchando en contra de mi evidente torpeza. Eventualmente llegó a mi vida el computador que, sin dar mucha espera, se impuso como una realidad, académica, social e histórica. Entonces aprendí lo básico: Paint, Word, (Excel no), un poquito de PowerPoint y por ultimo, la navegación en Internet. Saludé con curiosidad al mundo de Messenger, Hotmail, y, claro está, Facebook. Sin siquiera darme cuenta, me encontré sumergida en la nube todopoderosa que es la red, y empecé a distinguir sus atropellos.

Empezaré por resaltar su propiedad corrosiva y venenosa, que ha logrado, con gran talento, degradar tanto las relaciones humanas, como el lenguaje. Extraño la cercanía del sonido de la voz, que es ahora remplazada por el mensaje de texto. Extraño la concentración, que hoy día se invierte en juegos de celulares durante las clases. Extraño el contacto visual, que hoy, más que nunca, se dedica a las conversaciones que se leen en las pantallas de los BlackBerry. Extraño las tildes y las palabras enteras. Extraño la extensión y la entonación que trata, inútilmente, de ser suplantada por diferentes “emoticones”. Extraño las cartas escritas a mano, las llamadas telefónicas y los mensajes de más de una sílaba. ¿Cuál es el propósito entonces del lenguaje? ¿Es este meramente comunicativo? Para mi es cada vez más impersonal y mucho menos descriptivo.

La inmediatez, es otro aspecto de la tecnología que me inquieta. Me entristece olvidar el sabor que resulta de una lucha por buscar algo, para encontrar algo. Hoy no tenemos que luchar por nada, porque todo nos está dado. Y nos vamos volviendo gordos, y antisociales, y expertos en todo, y expertos en nada. Estamos dando la información por sentada, sin pensarla realmente y estamos olvidando ejercitar el músculo que es la memoria. Todo está ahí, todo está fácil, y nosotros corremos el terrible riesgo de volvernos unos facilistas sedentarios, que no salen de su habitación.

El tono romántico de este articulo, me muestra anacrónica y posiblemente falsa. Aunque critico la tecnología, la uso diariamente para comunicar mis reflexiones y la uso también, aun con más frecuencia, para fines mucho menos trascendentales y bastante más frívolos. Lo se. Posiblemente este escrito es el resultado la frustración que me produce (como a los viejitos) no aprender a manejar los aparatos tecnológicos. O quizá, este artículo pretende preguntarse para dónde va el hombre con tanta tecnología. ¿Qué ambicionamos? ¿Hasta dónde queremos llegar? ¿En que tipo de mundo queremos vivir? Mientras respondemos estas preguntas, yo sigo tranquila montada en caballo, mientras todos los demás transitan en carro las vías de la era de la información.

martes, 29 de marzo de 2011

SÍMBOLOS MARAVILLOSOS



Columna de Opinión.

Un buen día, en Cartago (Valle), mi padre se encontró con un cuadro admirable. Tan admirable, de hecho, que fue merecedor al premio AGUJA DE ORO (categoría hilo cadena) otorgado al mejor bordado. Mi papá observó la imagen. Era Cristo, tal y como siempre lo hemos conocido: de túnica blanca, pelo rubio, ojos azules y barba larga. Su expresión era amable, y con los brazos abiertos mostraba, en las palmas de sus manos, sus yagas radiantes, que brillaban tanto, como el corazón expuesto en medio de su pecho.

-Necesito que me lo compre, Don Señor. Dijo la viejita que, con tanto talento, bordó el cuadro. –vea que con él me gané el premio a la Aguja de Oro, y además, tengo una necesidad inmensa. Cómpremelo.

-Yo se lo compro. Respondió el señor. –Pero con una condición. Se sabe que Jesucristo no fue ni rubio, ni oji claro, (pues esa no es la característica genética judía) y se sabe también, que su piel no era blanca. Cámbiele al Cristo, a un color oscuro, los ojos, el pelo, la barba y la piel. La operación de corazón abierto fue, más bien, una costumbre Azteca, Maya e Inca, en donde al oferente le sacaban el corazón, aun palpitante, para ofrecérselo en un ritual a los dioses, y fue de allí de donde el cristianismo, después de que pasara Hernán Cortez por Méjico, sacó la imagen del Cristo con el corazón expuesto. Déjemele el corazón así, por que yo también soy cardiaco, pero las yagas de las manos sí me entristecen. Preferiría un Jesucristo que me ofrezca, en una mano, una arepa de maíz, y en la otra, un pez del cauca. Cuando tenga listo mi cuadro, con los cambios que le pido, yo vengo y se lo compro.

Así fue. Cuatro meses después, mi papá recibió la llamada de la viejita, que le dijo ya podía recoger su encargo. Al ver el nuevo Jesucristo, mi padre no pudo hacer más que felicitar a la artista, y pagarle lo acordado. Este episodio, desencadenó una temporada de larga reflección en nuestra finca. Concluimos entonces, que los símbolos, son la forma más inteligente de santificar una mentira.

Todas las religiones venden lo que producen. El cristianismo (que nació en el mediterráneo, región reconocida por su producción de trigo, uvas y aceitunas) bien hizo en descubrir ese famoso misterio de la Sagrada Comunión, en dónde el pan de trigo se vuelve cuerpo de Cristo, y el vino su sangre. No hemos visto en ningún caso, que el guarapo, la chicha o el mazato se vuelvan la sangre de nadie, ni tampoco hemos visto al arroz, la achira o la yuca ser la materia prima del pan que se convierte en un cuerpo. Ni hablar del aceite que usan los sacerdotes en La Extremaunción, para salvar a los enfermos, o ya al muerto, para la vida eterna. Éste es de oliva, exclusivamente, pero no de coco ni de chontaduro.

Un experto en ornitología, por ejemplo, calificaría a las palomas como todo menos limpias, decorosas, bondadosas o desprendidas, pero en cambio, sí las consideraría gregarias, territoriales, vengativas, sucias y algo intolerantes. Ratas de los aires, las han llegado a llamar. Sin embargo, son el símbolo de la paz, siempre y cuando sean blancas, y si siguen siendo blancas, simbolizan también, la tercera persona de la santísima trinidad.

Los símbolos se nos han convertido en una imposición que olvidamos cuestionar. Los vemos y los entendemos ciertos, porque se nos han vuelto costumbre. Comulgamos con vino y una ostia hecha de trigo, aunque sean dos productos que no se dan en nuestras tierras, y admiramos la belleza de la paloma de la paz, aunque la pateemos en los campos de nuestras universidades. ¿Por que no crear símbolos propios, que coincidan con nuestra cultura? Para eso contamos con una enorme biodiversidad, llena de cualidades dignas de un buen símbolo. Creo que debemos empezar a cuestionarnos sobre los símbolos impuestos. Aquellos que, haciendo parte de un colonialismo cultural, buscan sumergirnos en filosofías, religiones y políticas ajenas

miércoles, 23 de marzo de 2011

AL SON DE UNA LÁGRIMA


Estas lágrimas me saben dulce y se deslizan sobre mi piel erizada. No son ásperas e indeseadas como las producidas por las penas, ni amargas y borrascosas como las que emanan de una traición. Mis lágrimas caen con ritmo y me recuerdan con ternura los alcances de las artes. La música no me hacía llorar hacía tiempo, y me alegró vivir de nuevo su, ya extraño, sentimiento electrizante.

Normalmente me conmuevo con el arte. Sin poder dar explicaciones, (ya sea por mi ignorancia o por mi incapacidad de nombrar las sensaciones) puedo decir que he sentido el calor en los jardines que pintó Monet, y el dolor en los poemas de Alfonsina Storni. Me ha dolido la tragedia de Pagliacci y he crecido junto con las estaciones de Vivaldi. He reído con el andar de Gelsomina mientras se mueve por La Strada y me he quedado muda ante la majestuosidad arquitectónica, que reposa en el recinto de la guadua. Estas sensaciones dejaron de ser normales hace tiempo, y me he visto envuelta en una cultura que me ha arrebatado la sensibilidad, casi hasta el punto de volverme inmune.

Aunque no quisiera entrar en discusiones sobre lo que es, o no, el arte, sí creo que estamos en un ambiente que nos aleja de ese sentimiento inexplicable que se da, raramente en momentos privilegiados. Encuentro difícil identificar, en el inmenso mercado popular, ese elemento que me estremezca y que me invite a concentrarme en la manifestación de mis sentimientos. Me pregunto qué conmueve a aquellas personas que no han tenido acceso a una educación, y muchísimo menos a un viaje. Seguramente el amor, la fe y nuestra generosa naturaleza , que entre otros factores, tocan gratuita y naturalmente al ser humano. Pero ¿que más se les ofrece? Reggaeton, Tropipop y novelas.

Yo misma he caído presa en las garras del Reggaeton; de su ritmo y de sus letras provocadoras. Me he dejado cautivar por una ola popular que hoy siento, no me produce sino un placer inmediato que me aleja de mis reflexiones, enajenándome en un ambiente despreocupado e irresponsable. Mis hábitos de pensamiento se han ido determinando, disimulada y nefastamente, por la cultura del “perreo” que no me aporta mucho. ¿Es posible pensar en encuentros fortuitos, pero trascendentales en términos artísticos en nuestras ciudades? ¿Existe tal intención? no lo se, pero me gustaría pensar que sí.

Hoy lloré con la música. Mi cuerpo, ya desacostumbrado, sintió un corrientazo que lo trajo de nuevo a la vida. Volví a creer en el hombre y admiré sus talentos. Agradecí a mi piel de gallina haberme recordado que sí hay momentos que validan nuestra existencia y me sentí afortunada. Todos deberíamos poder gozar de esa fortuna. De esa validación, de ese momento de estremecimiento. Quisiera que todos, y no sólo yo, podamos bailar al son de una lágrima.

jueves, 17 de marzo de 2011

EN BUENA FE


Columna de opinión.

Cuando estuve en Europa, no tenía que dejar nada con candado. Mis cosas, inatendidas, no corrían peligro. “Déjalo ahí, no lo pasa nada” me decía mi hermana que vive en Berlín. Mis vicios colombianos me indicaban lo contrario. No descuides nada, nadie es de confiar. El asunto me causa pena. Mi hábito es la desconfianza, y mi realidad me obliga a mantenerme alerta.

Hoy, un restaurante Frances fue el escenario de una exposición de historias macabras. “A mi me robaron”, “sí. A mi también”, y así, sucesivamente, oí narraciones sobre robos, atracos, atentados e intromisiones. Las cinco personas que estábamos sentadas en la mesa, pudimos adicionar un relato a la actividad narrativa, que no hizo sino confirmarme, que en Colombia, todos tenemos una anécdota desagradable para compartir.

Las balas protagonizaban las historias de los secuestros y los puñales las de los robos. En sumatoria, las historias estaban plagadas de armas dolientes y cortopunzantes. “Vivir aquí es peligroso”, pensé, “pero también es triste”. Infortunadamente, mi educación se ha concentrado en una predisposición hacia le mal y la violencia, y esto, a pesar de ser un hecho triste, es una precaución necesaria. Me inquieta entonces mi crianza católica, en contraposición a mi educación prevenida. La religión me enseña que hay que creer en los demás, y mi país me grita que no.

Una de las historias que llamó la atención en la mesa, fue la de un robo armado en un apartamento de Bogotá, en donde hurtaron trecientos millones de pesos en efectivo y casi mataron al inquilino a golpes. El siguiente, correspondía un atraco a mano armada que buscaba hacerse a un i pod y a una billetera. Luego, yo conté cómo seis hombres entraron a mi finca para secuestrar a mi padre, y luego de una balacera, tres heridos y un muerto, mi papá salió con vida y con un balazo en la pierna. Las historias terminaron con la más humillante de todas: el robo a mi hermanita. “¿podemos compartir sombrilla? Preguntó el ladrón. “Claro”, respondió María del Mar inocente y silenciada por el aguacero. Una vez estuvieron bajo el mismo paraguas, el hombre le dijo: “Entrégueme todo. No vengo solo.” Ella salió corriendo y gritando ¡Ayuda! ¡Ayuda!, nadie le ayudó.

Estas historias me llevaron a concluir que en este país nada es más contraproducente que la buena fe. Los valores cristianos, infortunadamente, no son aplicables en nuestro contexto. Ayudar al prójimo es un riesgo mortal que no estoy segura debamos correr, y si no, recordemos el ejemplo del robo bajo la sombrilla. La confianza es un lujo que no nos podemos permitir. Esto no deja de parecerme inadmisible. ¿Que sentido tiene predicar sobre el buen proceder si no lo esperamos de los demás? Esta es una contradicción que me deja muy pensativa, pues quisiera creer en todo lo que no somos; quisiera creer en la honradez, la sensatez, la humildad, la convergencia, la colaboración y el respeto. Quisiera creer en ese país, que no es el mío.

martes, 8 de marzo de 2011

OTRA PARTE


Narrativas del mal.
Cuento

La soledad lo llevó a la lectura, y todas las letras a la obsesión. Se dirigía a Otra Parte, en un viaje a pie, emprendido por su propia sombra. Su familia, todavía en tierra, lo veía a distancia, viejo y olvidado. Rosa su hija, no iba a rendirse. Lo encontraría como fuera, así le costara su propia cordura.

Voy a Otra Parte, voy a Otra Parte… repetía el viejo. Rosa lo oía atentamente tratando de captar alguna pista de su paradero. El padre amoroso se había ido y la había dejado en un mundo sombrío, lleno de muerte y vacío de él. Ella quería viajar a su lado para visitar, de su mano, el mundo de sus fantasías.

La cama del viejo estaba en la mitad de su biblioteca. Era oscura y olía a pasado. Rosa la recorría mientras oía la respiración de su padre, ya inválido de la conciencia. Ella sabía que la respuesta tenía que estar dentro del cuarto, entre títulos y párrafos de libros y poemas. En alguna novela, se encontraba el amor de su vida, y ella no sabía cómo alcanzarlo. En silencio, la joven recitaba el poema de su infancia, que como una promesa, su papá le enseñó.


Voy a beberme el mar.

Ya tengo listo mi velero fantasma.

No le he trazado rumbos a mi ausencia,

no he fatigado el mapa

localizando zonas que no bailen

al macabro jazz-band de las borrascas.

Viajaré simplemente,

sin triangular alturas ni distancias,

llevando en el timón a Don Quijote

y la rosa del viento en la solapa.


Acompáñame tu dulce chiquilla,

partiremos al alba,

cuando los alcatraces no dibujen

su ecuación de naufragios sobre el agua.

Arranca tus raíces de la tierra.

abre tu citolegia de nostalgias

y vamos a bebernos el océano

en la copa de luz de las montañas;


Tenía la certeza de que los versos de Cuento de Mar eran una invitación para ella. Para que no estuviera sola y no estuviera triste. Más las paredes empapeladas de la habitación la encerraban en su propia impotencia y desesperanza. El hombre de la cama no era el mismo. Era como un sobrado de un buen recuerdo, un desperdicio, una foto antigua. Ya no había vida, ya no había nada.

Pasaron días y noches sin avance alguno. Él no decía nada nuevo y ella, cansada de los ojos, empezaba a perder el juicio, más no la esperanza. Otra Parte. Dónde está la Otra Parte. Allí está él con sus historias y con su sapiencia, y con su barba y sin mí. Pensó ella. Empezó a invadirla la rabia del abandono y un resentimiento incurable. Necesitaba decirle que lo odiaba por dejarla sola y por haberla dejado sin saber mil cosas. Por privarla de sus canciones y de sus poesías, por dejarla a la deriva, sola, inconsolable.

Rosa estaba pálida, enferma. Había momentos en que se dormía en la silla repitiendo palabras de poemas de niños. Creía que ella era la rosa del principito y que él no volvería. La dejaba morir, en un marchitamiento lento y doloroso. Sus labios habían perdido el color del fuego y ya no podía caminar. Ella agonizaba y respiraba lentamente, como perdiendo la vida. Le dolía el corazón y le dolía su viejo. Tenía escalofríos y un poco de fiebre. Las paredes se cerraban a su alrededor y le susurraban mensajes de muerte. No resistió. Vivir le costaba demasiado. Cerró los ojos y emprendió el viaje. Le dijo adiós a la realidad y saludó a cualquier sitio que albergara, así fuera un pedazo, del alma de su padre.

Primero llegó a un jardín. El gran samán lo adornaba desde el centro y la saludaba meciendo sus ramas. El no está aquí. Está en Otra Parte. Le dijo a Rosa, y ella, entusiasmada por ver de nuevo colores, siguió su camino recorriendo los recuerdos y los gustos de su padre.

Llegó entonces a un lago. El agua la saludó con sus olas livianas y le informó que el no estaba allí. Está en Otra Parte. Gritó un loto rosado. Rosa siguió caminando cada vez más atraída por los nuevos paisajes. Empezó a comprender por qué el padre no regresaba. Ella tampoco quería volver. Se acercó a un cultivo de frutas y se deleitó viendo cómo los pájaros formaban una bandera tricolor mientras comían. Uno amarillo, uno azul, y uno rojo.

Mientras pasaba a través de un guadual, pensó en todo lo que se estaba perdiendo; Un mundo de paisajes y de fantasías, que en la realidad jamás podrían ser posibles. Se estaba perdiendo la felicidad de la naturaleza y del aire puro. Se estaba perdiendo en el mundo de los números y de los vivos. Se alegró de estar donde estaba y se quiso quedar de por vida.

En la biblioteca, el aire cambió. Como un último aliento Rosa exclamó: ya voy papá, por ti, a Otra Parte. El viejo, aún en su viaje, reconoció las palabras y entendió su peligro. Despertó del letargo para salvar a su hija. En el mundo de la imaginación no la encontraría. Su rosa era curiosa, y se distraería hasta perderse. La quería para siempre, y la quería con vida, junto a él. Quería enseñarle y recitarle poemas. Temió perderla y se arrepintió de su viaje eterno y egoísta. La miró dormida, muerta, y llorando dijo: es muy tarde. Ya está en Otra Parte.

Mientras tanto, Rosa llegó a un rosal. Se sintió feliz, se sintió en casa. Saludó a sus hermanas de todos los colores y respiró su mismo perfume. Se despidió de su padre y de su recuerdo, tranquila, sembrando raíces, ya en Otra Parte.

martes, 22 de febrero de 2011

EL JALÓN DE OREJA


(Ejercicio de opinión que trate un tema controversial de forma radical)

A las tres de la mañana, mi papá entra en un estado de absoluta lucidez. Entre el sueño y la vigilia, alcanzo a anticipar que falta poco para que me jale las orejas. ¿Tu por que tienes unas orejas tan chiquitas? ¡Te voy a activar! me dice mientras me las estira como un caucho. Yo, mientras tanto, me debato entre el profundo sueño y la curiosidad, preguntándome cuál será su siguiente ocurrencia. Usualmente, sus intervenciones de madrugada son tiernas e inteligentes, y tienen el ritmo de una canción arrulladora que termina por despertarme cariñosamente. Esta mañana, mi despertar sucedió de manera distinta.

El jalón de oreja fue remplazado por un apretón de nariz y la voz consoladora por un grito escandaloso. ¡Y las mujeres siguen teniendo hijos para que se los mantenga el estado, carajo! Mi desconcierto (causado por el inusual malestar mañanero, y por el sonido del televisor que siempre está en el canal de las noticias) me llevó a preguntar sólo una cosa: ¿y que importa? ¿No es esa una función del Estado? Hoy, a las 10 de la noche, (todavía con tareas por hacer y con el sueño exacerbado) me arrepiento acérrimamente de haber formulado dicha pregunta, por demás turbada por el sueño y por mi impulso impertinente. ¿Cómo que qué importa? Me respondió molesto: Así nadie tendrá que cargar nunca con el peso de una consecuencia. Esta discusión duró hasta las siete am que salí para clase, con unas ojeras color berenjena y con una pensadera impropia de cualquier mañana.

La libertad, para mi, es un deber racional del ser humano, y aunque reconozco que muchas veces se ve enfrentada a obstáculos ajenos a la razón propia, (como pueden ser la costumbre, el qué dirán, la religión y la política, por ejemplo) insisto en que es una opción del hombre, que debemos ejercer y defender, siempre. Tratando de burlar el carácter filosófico de esta discusión y de este término, diré que al hablar de libertad, me refiero a nuestro poder de hacer con nuestras vidas lo que se nos dé la gana. Bajo esta premisa, pienso que todas nuestras acciones, sean las que sean, provienen de nuestra libertad: libertad de decir que sí, o de decir que no, libertad de la acción, o de la no acción. Lo que sea.

El Estado, según mi papá, carga con las temibles consecuencias que a veces resultan del uso de la libertad. Yo estoy de acuerdo. La libertad me pertenece y es de mis facultades más íntimas y personales, por lo tanto, yo debo ser quien asuma los resultados de mis decisiones y de mi proceder. Si yo, por decisión propia, soy drogadicta, ¿por qué el seguro debe tratar el sida que me contrajo una aguja usada? Si yo, por decisión propia, como hasta perder el sentido, ¿Por qué espero que el seguro, y no yo, me pague el balón gástrico? ¿Por qué debe el Estado responder por mis “errores”, que también corresponden al uso de mi libertad? ¿No es esto acaso, seguir fomentando las acciones que vienen de una “ignorancia” que más bien debería ser combatida?

Las mujeres de bajos estratos continúan teniendo hijos aunque no tengan con qué sostenerlos, y para esto, buscan al Estado, que no por coherencia, ni por convicción, suele incumplir con la mayoría de las exigencias planteadas anteriormente, pues es bien sabido que el seguro no responde (en múltiples ocasiones) ni siquiera por las enfermedades involuntarias. Esto no quiere decir que deba responder por todo, o eso creo yo. También lo digo por que los gastos del Estado vienen de los impuestos nuestros, que no tienen por que pagarle la irresponsabilidad a nadie.

No estoy tratando de ser moralista ni de juzgar a quienes ejercen su deber a ser libres, (pues yo también practico mi libertad y por hacerlo, estoy a un centímetro de cualquier catástrofe) sino que estoy haciendo una crítica a quienes esperan que alguien más, responda por sus decisiones. Esta mañana mi papá me jaló las orejas y me quedaron largas, puntudas y afiladas. Prometió, frente a mi reclamo, ser él quien pague los gastos de la cirugía estética que buscará disminuir el parecido entre mi misma, y un aeroplano de ala estirada.

martes, 15 de febrero de 2011

MALEZA DE LA COLOMBIANA


Opinión.

Carlos Luís Quintero. La casualidad me llevó a conocer este nombre. Un nombre cualquiera, de un hombre cualquiera, que como tantos otros, ocupa hoy un lugar debajo de nuestra fértil tierra colombiana. Su familia lo enterró el 12 de enero del presente año, luego de encontrar su cuerpo tirado en el parque nacional, vistiendo la misma ropa con la que lo secuestraron un mes antes. Los cien millones de pesos que pagaron por su liberación no tuvieron valor alguno.

Aquí abonamos nuestros suelos a punta de muertes. Los sembramos y parece que crecieran en árboles como abundantes frutos de café. Cosechamos muertos y los recogemos en parques, en fosas, en ríos. No importa el clima, no importa la altura, no importa la acidez de la tierra. Nuestros muertos se dan por doquier, cual maleza. Como son tantos, hoy me encontré con la historia de uno que espero, sinceramente, pueda hacer conocer en esta columna.

Estaba en la clínica Marley sentada en una silla de ruedas esperando a que me pusieran la vía intravenosa que aliviaría el dolor de mis músculos. Lloraba porque le tengo fobia a las agujas y porque siento que ya no estoy en edad de llorar por bobadas. De pronto a mi lado sentaron a una niña que lloraba, aparentemente, por razones importantes. “Me duele el colon hace tres días” dijo afanada, mientras la bruja de la enfermera le hurgaba las venas. La madre nos contó que era de Cartagena pero que estaba en Bogotá desde hacía dos meses por razones familiares. En cuestión de segundos las “razones” familiares se convirtieron en una historia triste que ya habíamos oído, tantas, tantas veces. Su hermano fue secuestrado el 23 de diciembre del año pasado y ella vino a negociar su liberación. “El era cómo un padre para mis tres hijos” dijo.

La niña lloraba, y decía que probablemente se había enfermado de la tristeza, y mi mamá y yo llorábamos pensando que sí: Las balas de los secuestradores también hieren los órganos vitales de los que siguen “libres”, y en los hospitales también hay gente enferma de nuestro país. Cuando fui al hospital no esperaba encontrarme con un dolor diferente al de la caída de mi caballo, pero me dí cuenta que es imposible escapar de esta realidad omnipresente. Nuestra guerra manda a gente al hospital y a la tumba, no puedo ignorarlo.

Carlos Luís Quintero murió secuestrado y no se han encontrado culpables. Tampoco se ha ofrecido recompensa alguna para que alguien los encuentre. Lo desconocen los medios y por lo tanto lo desconoce la gente, pero no lo desconozco yo. La mamá de la niña nos pidió que rezáramos para que encuentren a los secuestradores de su hermano, y mi mamá me miraba aterrada, sin poder creer la carga que tienen aquí, las cadenas de oraciones.