EL BUEN PERIODISTA

Los invito a leer las huellas que voy dejando en este inhóspito camino hacia el buen uso del lenguaje.

martes, 4 de septiembre de 2012


SIN ESCONDITE



“No se engañe nadie, no. Pensando que ha de durar lo que espera más que duró lo que vio. Pues que todo ha de pasar por tal manera.” Este verso, dedicado a la muerte de algún padre, fue escrito por el mío, en una pared de nuestra casa, el día en que murió. 

Así como murió él, mueren todas las cosas. Murió mi abuelo Papayito, mi abuela Tilita, mi perro Amiguito y mi gato Marco Antonio. Murió mi árbol de grosellas y con él, mis sueños de jardinera. Todo ha muerto antes de tiempo, por lo menos para mí. Pero no me muero yo y, mientras vivo, administro pobremente los recuerdos de lo que ya se fue y que me atormenta. De lo que quisiera tocar. Ni la barriga de mi padre, ni los bigotes de mi gato, ni la cola de mi perro ni las frutas de mi árbol; no me llega la mano real a la memoria.  Sin embargo el personaje es recurrente: la misma risa, la misma mirada, la misma historia. El mismo hilo dorado que borda la narración de una vida grandiosa, de un viejo del alma, de mi papá. Mi papá con el perro, mi papá con el gato, mi papá con las frutas, mi papá conmigo, mi papá, mi papá.

La persecución es siniestra porque es amorosa e incondicional. Me escondo en las aulas universitarias y en la biblioteca. Me refugio dentro de mis cobijas y en la televisión. Voy al cine y al teatro y me sumerjo en mis pantanos vanidosos esperando no volver a ver la luz de sus ojos cafés. Ojalá bajo la tierra no llegaran las ondas de su voz, ni la intensidad de sus ideas, ni el calor de sus abrazos. Pero sólo los simples humanos se mantienen con los pies sobre la tierra. El gran hombre, el súper hombre, puede viajar inclusive hasta el centro de nuestro planeta en donde estoy yo, indefensa  y arrodillada con la cabeza entre mis piernas llorando de resignación. ¡Me encontró! Siempre me encuentra… cumplió su promesa de no abandonarme aunque yo por primera vez le pido que no sea más digno de mi confianza.

Está en la migraña que tortura mi ojo izquierdo, en la carie de la muela que ya me sacaron, en mi lento sistema digestivo, en mi tono subido al hablar, en mis dos tatuajes, en mi forma de escribir, en las fotos de mi sala, en lo duro de mi almohada, en mi mal humor, en mi mesa de madera y en mi anillo de oro. Está en mi hermanita y en las piedras en forma de corazón. Está en mi corazón, todos los días. No lo ahuyentan mis malos sentimientos ni mis temores. Se queda autoritario en su mejor terreno que soy yo misma. Se queda en mí y en mi reflejo del espejo. Cuando lo veo trato de saludarlo y recuerdo que cuando él se fue, se llevó mis palabras. Ojalá las esté usando para bordar los pañuelos con los que desde el cielo me seca las lágrimas.  Toma mi mano, amigo mío, cambiemos de locación, vamos a encontrarnos a otra parte. Por ahora, aprovechemos la noche. Te veo en mis sueños, me voy a dormir. 

miércoles, 1 de agosto de 2012

AUTOBIOGRAFÍA


Escrito corto autobiográfico, Periodismo Cultural 

¡Esta es mi hija Matilde de los Milagros! Afirmaba mi papá con orgullo mientras yo fingía una sonrisa y lo miraba avergonzada. –ay mi amor, ¡sí así te llamas!- me decía mientras yo le reclamaba. Y con ese nombre que no cabe ni en los formularios, empecé a vivir, sin más remedio.

Sólo puedo describir el mundo que veía a través de las gafas que tuve desde los dos años: además de ser rosadas, grandes y pesadas,  fallaban en su intento de esconder el parche que se veía borroso a través de el vidrio de botella de los lentes. El parche sucio y pegotudo no pudo curar mi grave caso de estrabismo, pero sí me permitió vivir la rareza de ver la vida a medias, usando sólo un ojo. Y así, medio tuerta, soporté las burlas de mis compañeritos y los comentarios de las prestantes señoras manizaleñas que cuando me veían cogida de la mano de mi mamá en cualquier parte, le preguntaban: ¿y a esta qué le pasó? Comparándome con mi hermana, el angelito María del Mar, que descansaba en el otro brazo de mi madre.

Mi papá, que sentía mi infantil desgracia, guardaba lo mejor de la vida para regalármelo los fines de semana. La entrada de más de un kilometro resguardada por guaduales, lotos y heliconias, era el camino hacia mi amor verdadero. Allí, en el portón de la casa grande, me estaba esperando. Verlo siempre fue una fantasía que solamente puedo comparar con los mundos que relataba en sus poemas. Me esperaba sonriendo con los ojos brillantes y con la barba cada vez más blanca. Linda! Me gritaba mientras yo me bajaba del carro corriendo para abrazarlo pasando por encima de los perros. En los brazos de mi viejo, con quién dormí hasta el último día, sentí el calor de la ternura y de la inteligencia. Gracias a su arrullo de poeta y de incansable labriego, pude dormir siempre contenta y segura.

Me despertaba lista para coger las mariposas que con mucha delicadeza pondríamos dentro del cañuto de una guadua para hacer adornos. Me despertaba lista para coger las lombrices con las que pescaría un pilarucu, gran pez amazónico. Me despertaba con las ideas imposibles de que mi papá me hiciera princesa después de fabricarme él mismo una corona y continuaba el día viviendo mis sueños en nuestro paraíso. La realidad me devolvía a Manizales, sagradamente, todos los Lunes, y luego, me trajo intempestiva a vivir en Bogotá. Ya lejos de los jardines llegué a un colegio en dónde mis compañeras eran flores de otro tipo. Bailaban al ritmo de otro acento y estudiaban las características de un mundo que de repente me pareció más grande.

En el año 2007 se acabó la tortura que viví desde mis cortos 4 años y que soporté hasta los 19. Me gradué del colegio Mary Mount a pesar de los malos pronósticos e hice llorar a mi padre de orgullo. Después de los gritos rebeldes en contra de los átomos y las ecuaciones logré mi diploma y mi libertad. El camino social de los estereotipos me llevó a elegir mi carrera, comunicación social, que a pesar de los años camina a una lentitud insoportable, y actualmente me encuentro en mi cama escribiendo una de las muchas tareas que no quiero hacer. Me enfrento a un inexplicable caso de parálisis en dónde me alimento del amor del recuerdo y de una amarga sensación del deber. Ya sin mi padre, camino entre sombras, pero camino. Camino despacio y sin mucha energía, esperando que él mismo me encuentre para llevarme de la mano hacia una vida de verdad.

viernes, 23 de septiembre de 2011

THE WORLD OF COCA COLA

(El mundo de la inconsciencia)

Entonces, por razones de retrasos aeroportuarios, llegamos a Atlanta. Este destino turístico desentonaba claramente con nuestros propósitos vacacionales, que corresponden a un retiro espiritual e introspectivo que tendrá lugar en India.

India... Por primera vez en nuestras vidas podremos concentrarnos en nuestras propias reflexiones, en un lugar distinto al nuestro y lejos de vicios nocivos como son el consumismo y la contaminación publicitaria. Pero entonces nos vimos forzadas a pasar dos días enteros en Atlanta, y como no, a aprovecharlos. Fuimos entonces a una de sus máximas atracciones: EL MUNDO DE COCA COLA.

En el mundo de Coca Cola hay distintas secciones y actividades. Una de ellas, es sentarse en un teatro a ver el recorrido publicitario que ha tenido la empresa durante sus 125 años de existencia. Y fue allí, sentada en el teatro, cuando supe que la situación era grave y que éramos un caso perdido. El comercial era de los años setenta y consistía en una cantidad de hippies multirraciales que, mientras sostenían una Coca Cola en sus manos, cantaban una bella melodía sobre la paz y el amor. Cuando María del Mar y yo nos miramos, y vimos que las dos estábamos llorando, dijimos: estamos jodidas.

Entendimos que somos presas fáciles, muy fáciles, del sistema capitalista y publicitario. Mi hermanita lloró en el Mundo Coca Cola ¡y a ella ni siquiera le gusta la Coca Cola! Yo, en cambio, disfruté alucinada en el planeta feliz de la bebida que mas consumo. Y pensé alegremente que en mi retiro espiritual de India, no tendría que retirarme de tomar Coca Cola, porque ¡hasta allá llega la Coca Cola! Entonces me quité el sombrero y le agradecí a la globalización y al sistema capitalista, y a la estrategia distributiva de la empresa roja y blanca.

Ambas salimos aturdidas del Mundo de Coca Cola. Yo, indigestada luego de haber probado más de 60 bebidas que produce la empresa a nivel mundial, y mi hermana consternada por la facilidad con la que le pueden lavar el cerebro. En esta visita, presenciamos el mágico maleficio que logra legitimar, en casi todos los rincones del mundo, una bebida que aunque deliciosa, se sabe es dañina y corrosiva. Luego de salir de la fábrica con una bolsa llena de compras del gift shop, nos asustamos de pensar que el afán económico de una empresa, mezclado con el talento de unos genios de la publicidad y del marketing, son capaces de producir dulces y gaseosos suicidios: Los fieles amantes de la Coca Cola la tomaremos hasta la muerte, con gusto.

La experiencia, tan mágica en su momento, ahora me resulta siniestra. Tan siniestra como la realización absoluta de un sueño. Tan siniestra cómo lo perfecto. Es cómo haber asistido a un recorrido hacia nuestra propia tumba, todos sonrientes y todos estúpidos. No sé si alguien haya muerto, realmente, de tomar Coca Cola, pero sí creo que tiene gran responsabilidad en muchos de los kilos de más que pesan los obesos norteamericanos. Aun así, no son sus propiedades destructivas las que me preocupan, sino la permeabilidad de nuestra voluntad y de nuestro cerebro. Durante más de dos horas, yo fui una total descerebrada. Somos seres frágiles e influenciables. Pensé. Y luego dejé de pensar y seguí bebiendo el sabroso brebaje.

sábado, 30 de julio de 2011

PAPITO DE MI VIDA, LINDO, LINDO, LI...




San Jorge, 6 de julio de 2011
Papito de mi vida, Lindo, Lindo, Li…








A ti te encantaba leerme. Leías mi llanto, leías mi risa, leías mi canto y también mis miradas. Leías mis ojos que son cafés, como los tuyos. Entonces hoy escribo para que leas, una vez más, estas palabras que no salen de mis manos, sino de mi alma.


Te agradezco. Te agradezco tus caricias, tus palabras, tu barba y tu poesía. Te agradezco por el agua, por las flores, por el campo y por mi hermana la currita. Ni el mejor escritor del mundo habría podido imaginarte, pero yo puedo, hoy y siempre, con un sueño recordarte.


Te imagino volando como las mariposas y te siento susurrándome al oído con la tranquilidad del viento. Yo te siento, y tu partida sí que la estoy sintiendo. Espero seguir encontrándote en cada piedra que descubra en mi camino, para no olvidar nunca que las piedras tienen la forma de tu corazón. Espero poder compartir tu alegría, tu carácter, tus sueños que fueron tan justos y tu sabiduría. Espero llenar a Colombia de lagos con el agua más clara, digna de tus fantasías. Y espero ser digna de ti, algún día.


Me enseñaste el amor más noble y la amistad más fiel. Has sido el amor de mi vida. Y hoy, siento un frio inconsolable. Nos dejas una labor inmensa, tan grande como tu recuerdo, que es infinito. De aquí en adelante, más que nunca, haré lo posible por reproducir cada palabra, cada idea, cada argumento, cada lucha y cada romance. Al mundo le hace falta tu voz y yo espero poder ser, al menos, el eco de tus pensamientos.


Tus sueños de una Colombia verde, justa y libre. Tus ilusiones por una Colombia explorada en sus infinitos recursos. Tus discursos acerca de una sociedad construida sobre los cimientos más fuertes, que son de una madera honesta, inteligente y sencilla como la guadua. Espero poder hablar en tu nombre sin olvidar nada, para que nadie se pierda de ti. Yo tuve la fortuna de tenerte y de oírte, y ese es un tesoro que nadie podrá sacar jamás de la caja fuerte de mi pecho.


Mientras tú estás allá, yo me quedo aquí, en este cielo, que tiene la temperatura justa de tu alma. Me quedo entre orquídeas, heliconias y bastones. Entre cocodrilos, Garcilazos, libros y recuerdos. Me quedo aquí en tu casa cuidando tu legado y aferrándome al cariño de todas las personas que dejas a mi lado.


Gracias. Te amo y te sigo amando siempre, pase lo que pase, porque mi mejor patrimonio es tu amor.















domingo, 12 de junio de 2011

EL MICO MIEDOSO Y EL POLLITO DE PRIMERA COMUNIÓN


Señores y señoras, ya vamos llegando a la mitad de nuestro viaje. Casi tres de seis semanas que se han pasado a gran velocidad. Entonces, trataremos de hacer una crónica (no tan corta, porque en tres semanas en India pasan muchas cosas) que abarque nuestras aventuras hasta la fecha.

Empezaré por lo primero. Delhi. María del Mar y muchas otras personas, me habían advertido lo siguiente: Matilde, por respeto a la cultura de los indios, nosotras las mujeres no nos podemos poner ni shorts, ni blusas de manga corta. Nos tenemos que tapar los hombros y las piernas porque si no, es de mala educación. Entonces, según esas instrucciones, yo empaqué mi morral. Nada cortico, nada de tierra caliente. Llegamos a Delhi y la temperatura era de más de 40 grados centígrados, y nosotras, disque por respeto, tapadas hasta el cuello. No fue sino que saliéramos del hotel para ver que todos los turistas estaban vestidos para la ocasión: con shorts y con esqueletos, mientras yo deliraba del calor y veía borroso. Y en resumidas cuentas, eso fue Delhi. Una ciudad repleta de gente, de cagadas humanas en cada esquina, de olores mucho peores que los del avión, y de turistas bien vestidos, a diferencia de nosotras, que somos unas niñas tan “educadas”.

Nuestra siguiente parada fue Rishikesh. Ciudad famosa por ser la capital mundial del yoga y por haber sido el hogar de los Beatles en algún momento de su carrera. Allí nos encontramos con muchas sorpresas y unos cuantos impases. Por la mitad de esta ciudad pasa el rio Ganges que, por verse tan bonito rodeado de montañas, casi nos hizo olvidar lo que esconde: cadáveres de todo tipo y en toda etapa de descomposición, bacterias escabrosas y enfermedades inimaginables. María del Mar, por supuesto, se moría por nadar en el Ganges, e hizo incontables intervenciones para tratar de convencernos de que la acompañáramos a practicar la natación de la muerte. Ahí empecé a sospechar algo cierto. Mi hermana, en este viaje, iba a querer hacer cualquier cosa que fuera mortal y yo, no debía mortificarme. Entonces nos dedicamos a caminar por las calles que están llenas de tienditas, de restaurantes y de micos, que no sólo están en todas partes, sino que son feroces, gordos, inmensos, mendigos y ladrones. Dejaré que María del Mar haga una pequeña intervención al respecto…

INTERVECIÓN DE MARÍA DEL MAR

Los micos. Dios mío. Que seres más pavorosos. Nunca me imaginé que les iba a tener más miedo a ellos que a las personas: Patrullan los techos en enormes pandillas siempre alerta a esos desprevenidos e ingenuos turistas que caminan por las calles con algún alimento en sus manos. Una no se puede dejar engañar de esos primates sólo porque andan con sus tiernas crías agarradas de su pecho. No. Esos pequeños y aparentemente inofensivos miquitos se convertirán en lo mismo que sus padres: terroristas y asalta-caminos.

Todo mi trauma se debe al siguiente episodio: Llevábamos 3 días en un hostal que tiene un balcón con una vista espectacular hacia al Ganges (Y acá me veo en la necesidad de aclarar que yo no pretendía nadar en ese río, simplemente quería hacer Rafting, que es una actividad muy distinta). Extrañamente, este balcón tenía un modesto basurero (porque aquí en la india son bien escasos) que ya estaba repleto con todas las sobras de lo que habíamos comido durante esos días. Esa mañana un violento ruido nos despertó. Oliver y yo salimos a ver qué era lo que estaba pasando y vimos como un mico, muy pero muy grande, estaba escarbando entre la basura. Instintivamente, Oliver se le acercó para asustarlo y ahuyentarlo, pero para nuestra sorpresa, el mico se nos adelantó. Dio un salto hacia nosotros mientras abría su boca y nos mostraba sus enormes y afilados colmillos. Terrorista. Oliver y yo corrimos hacia el cuarto despavoridos. Desde nuestra ventana vimos cómo este animal se alejaba con su botín de guerra, un racimo de lychees que habíamos dejado cerca del basurero. Desde ese atemorizante momento, llegamos a la conclusión de que preferiríamos mil y un veces recibir una mordida de Ghost, el pastor belga de mi papá que está entrenado para matar y que ya ha mandado al hospital a más de 3 personas, que la de un mico de esos.

Eso tiene para decir María del Mar sobre los micos… pero lo que yo tengo para decir sobre ella, no tiene nombre. Mi hermana ha dado mucho de qué hablar en este paseo, y ya les diré por qué. En primer lugar, debo manifestar mi enorme preocupación por su salud mental. Por algún motivo, a la currita se le está olvidando hablar inglés, y entre más lo practica lo habla peor, y peor, y peor… Tratando de expresarse dice cualquier cantidad de incoherencias que nadie puede entender. Por ejemplo, en un almacén, en vez de preguntar how much is it? Preguntó: How old is it? Y yo la miré desconcertada a ver si ella caía en el error, pero ella sólo repetía la pregunta: how old is it? How old is ti? Claramente, nadie le supo responder. Como este hay muchos otros ejemplos, pero lo que realmente me preocupó fue cuando se le empezó a olvidar hablar español. Una mañana amanecimos enfermas y ella me miró con cara de maluquera y me dijo: ¡estoy enfermisada! Y yo, atónita, le dije, ¿Qué qué? ¡Que estoy enfermisada! Luego entendí que eso quería decir: ¡estoy enfermísima! Y ahí, después de caer en la cuenta de su error, la currita se cogió la cara con angustia y lloró un poquito.

Yo le atribuyo la pérdida del lenguaje que está sufriendo mi hermana, a un episodio muy traumático que tuvo lugar en las afueras de Rishikesh. Como a ella le gusta lo atrevido y lo arriesgado y lo mortal, nos fuimos a hacer Bunjee Jumping. El trayecto desde la ciudad hasta el sitio de las aventuras extremas, fue lo más extremo de todo. Para describir la carretera solo diré que ni bajo el mandato de Samuel Moreno se ven tales cosas. ¡Qué peligro! ¡Qué peligro! Pensábamos todos mientras el bus pasaba a toda velocidad a través de curvas rodeadas de precipicios infinitos. Milagrosamente llegamos a alguna parte (porque uno aquí nunca sabe si va a llegar vivo o no, a cualquier parte) y nos bajamos. Aliviados de pisar tierra firme, aunque todavía un poco mareados, decidimos que en vez de saltar en Bunjee íbamos a montar en el Flying Fox en donde cabíamos los tres. Esa atracción, según nos dijeron, era la más larga de Asia y era muy divertida. Sobre el Bunjee, Oliver dijo que no lo repetiría porque ya lo había hecho en Perú, y no quería revivir el trauma, y yo dije, que… que… más bien después. En cambio la Curra, dijo, ¡yo si me le mido! Y Oliver y yo la observamos desde lejos. Que orgullosa me sentí de la intrepidez de mi hermanita. ¡Oh que valiente lanzarse hacia al vacio! Oliver me preguntó si creía que ella se iba a poder tirar al primer llamado, y yo le respondí que claro. Que cómo no. Que ella era una dura y que se iba a tirar sin pensarlo en una clavada olímpica de 85 metros de altura. Yo confiaba en ella. De pronto oímos las palabras: ONE, TWO, THREE, BUNJEEEEE!!! la curra no se movió.

¿Qué pasa? Nos preguntamos mientras notábamos cierto temblor en una de sus piernas… de nuevo el llamado. ONE, TWO, THREE, BUNJEE y se tiró la currita. Yo esperaba que la caída tuviera gracia, y cierto aire de experiencia, pero no. Mi hermana se tiró parada y empezó a aletiar como queriendo alzarse en vuelo con sus dos cortas manitas. Esta escena, sólo vista en los pollitos de primera comunión, se acompañó de un chillido agudo y una extrema palidez. Así fue el salto de María del Mar, y desde entonces se le ha olvidado hablar en los dos únicos idiomas que “domina”.

INTERVENCIÓN DE MARIA DEL MAR:

Acabo de ser acribillada. No tengo nada que decir en español, y mucho menos en inglés.

Hasta aquí llega este segundo reporte para no quitarles mucho tiempo. Sólo les podemos adelantar que ahora estamos, todavía con problemas de vestuario, pero por el frio de los Himalayas que vemos desde la ventana de nuestro hotel.

martes, 31 de mayo de 2011

NO TAN DELHI-CIOSO


Les escribo angustiada desde un avión parqueado en una ciudad (cuyo nombre no se pronunciar, y mucho menos escribir) de la India. La situación es caótica y yo trato de aliviarla comiéndome el sobradito de un turrón de rice krispies que me quedó de la inesperada visita a la ciudad de Atlanta. Tenemos emociones encontradas por diferentes motivos. En orden de prioridad, hay dos situaciones que se pelean el pedestal de mi angustia: uno, es que tengo que mandar vía mail, mañana mismo, tres ensayos que no he comenzado, y de los que depende mi futuro académico, y dos, que tenemos a nuestro pobre amigo Oliver (de Australia) esperándonos solito en Delhi desde hace 3 días escribiéndonos que lleguemos pronto por que “Delhi is a really shitty place”. En este preciso instante él debe estar esperándonos en el aeropuerto de Delhi, al que teníamos destinado llegar hace aproximadamente 3 horas. Pobre Oli, y pobre de mi situación académica. María del Mar ha tomado la determinación de educarme después de vieja al no ayudarme con uno de mis ensayos, entonces estoy decidiendo si ponerme o no brava con ella, teniendo en cuenta que será la única compañera de mi mismo género durante este largo viaje. Además, la quiero mucho.

Durante este eterno vuelo (que va ya en casi 10 horas, de las cuales dormí 8) he podido hacer la siguiente reflexión: ¿a qué hora me convencieron a mí, de venirme a la India un mes y medio? ¿bajo qué argumentos decidí yo, en mi sano juicio, venirme a recorrer los sucios caminos de la India en su época más caliente y olorosa? Tan olorosa de hecho, que al comienzo de este vuelo (lleno de hindúes) las azafatas pasaron, no una, sino dos veces, con ambientadores en spray para disimular el hedor.

NOTA DE MARIA DEL MAR

A mí lo que más me preocupa, realmente, es el olor. Quisiera exaltar lo del ambientador en el avión: Mientras un par de azafatas lanzaban a diestra y siniestra ese spray de olor floral que a duras penas disimulaba el olor a axila (o a especias cebolludas) que reinaba en el ambiente, yo sólo me preguntaba: ¿A todas estas, qué pensarán los hindúes de la situación? Porque estoy segura que si ellos han viajado a otras partes del mundo se habrán dado cuenta que este es el ÚNICO destino en el que unas azafatas se toman la molestia de perfumar, en su cara, el avión. ¿Será que si una empresa de aviación japonesa hace un vuelo para Europa, lo perfumará porque nosotros sólo les olemos, sin notarlo, a leche? En todo caso, prefiero oler a leche que a curry encebollado.

Es por todo lo anterior que me he propuesto una meta para este viaje. La única quizás, pues todo en este trayecto pretende ser espontáneo y casual. Esta es: hacerme muy amiga de un hindú para poder ahondar en su privacidad y preguntarle acerca de algo tan personal e intransferible como lo es el amor, perdón, el olor propio. Quiero saber él a qué cree que huele y yo a qué le huelo. Se ha vuelto una cuestión que me ha torturado por 10 largas horas y me obligará a crear una conveniente amistad con un desconocido.

Volviendo a mí, escritora insigne de este diario, diré que he olvidado mencionar un factor que agrava la situación enormemente. Tengo desde hace 5 días una enfermedad, que hoy, (ya les diré por qué) parece mortal. Sufro de una tos intensa (como de viejito) que sale desde lo más adentro de mi ser arañando mi garganta y perturbando el sueño propio, y el ajeno. Digo que es una tos de viejito, porque el anciano de barba que está sentado a tres sillas de distancia, está tosiendo igual que yo y tiene a todo el vuelo preocupado. El viejito me mira con complicidad por un solo ojo (porque además es tuerto) como queriéndome decir: ! tu también estás muy mal! Y así me siento. Por ahora me despido confesándoles que sin haberme bajado del avión he estado a punto de vomitarme dos veces y que temo enormemente perder mi octavo semestre de universidad. Atentamente, su cronista la india, perdón, desde la India, habiéndome acabado el turroncito.

CONTINUARÁ…