EL BUEN PERIODISTA

Los invito a leer las huellas que voy dejando en este inhóspito camino hacia el buen uso del lenguaje.

martes, 8 de marzo de 2011

OTRA PARTE


Narrativas del mal.
Cuento

La soledad lo llevó a la lectura, y todas las letras a la obsesión. Se dirigía a Otra Parte, en un viaje a pie, emprendido por su propia sombra. Su familia, todavía en tierra, lo veía a distancia, viejo y olvidado. Rosa su hija, no iba a rendirse. Lo encontraría como fuera, así le costara su propia cordura.

Voy a Otra Parte, voy a Otra Parte… repetía el viejo. Rosa lo oía atentamente tratando de captar alguna pista de su paradero. El padre amoroso se había ido y la había dejado en un mundo sombrío, lleno de muerte y vacío de él. Ella quería viajar a su lado para visitar, de su mano, el mundo de sus fantasías.

La cama del viejo estaba en la mitad de su biblioteca. Era oscura y olía a pasado. Rosa la recorría mientras oía la respiración de su padre, ya inválido de la conciencia. Ella sabía que la respuesta tenía que estar dentro del cuarto, entre títulos y párrafos de libros y poemas. En alguna novela, se encontraba el amor de su vida, y ella no sabía cómo alcanzarlo. En silencio, la joven recitaba el poema de su infancia, que como una promesa, su papá le enseñó.


Voy a beberme el mar.

Ya tengo listo mi velero fantasma.

No le he trazado rumbos a mi ausencia,

no he fatigado el mapa

localizando zonas que no bailen

al macabro jazz-band de las borrascas.

Viajaré simplemente,

sin triangular alturas ni distancias,

llevando en el timón a Don Quijote

y la rosa del viento en la solapa.


Acompáñame tu dulce chiquilla,

partiremos al alba,

cuando los alcatraces no dibujen

su ecuación de naufragios sobre el agua.

Arranca tus raíces de la tierra.

abre tu citolegia de nostalgias

y vamos a bebernos el océano

en la copa de luz de las montañas;


Tenía la certeza de que los versos de Cuento de Mar eran una invitación para ella. Para que no estuviera sola y no estuviera triste. Más las paredes empapeladas de la habitación la encerraban en su propia impotencia y desesperanza. El hombre de la cama no era el mismo. Era como un sobrado de un buen recuerdo, un desperdicio, una foto antigua. Ya no había vida, ya no había nada.

Pasaron días y noches sin avance alguno. Él no decía nada nuevo y ella, cansada de los ojos, empezaba a perder el juicio, más no la esperanza. Otra Parte. Dónde está la Otra Parte. Allí está él con sus historias y con su sapiencia, y con su barba y sin mí. Pensó ella. Empezó a invadirla la rabia del abandono y un resentimiento incurable. Necesitaba decirle que lo odiaba por dejarla sola y por haberla dejado sin saber mil cosas. Por privarla de sus canciones y de sus poesías, por dejarla a la deriva, sola, inconsolable.

Rosa estaba pálida, enferma. Había momentos en que se dormía en la silla repitiendo palabras de poemas de niños. Creía que ella era la rosa del principito y que él no volvería. La dejaba morir, en un marchitamiento lento y doloroso. Sus labios habían perdido el color del fuego y ya no podía caminar. Ella agonizaba y respiraba lentamente, como perdiendo la vida. Le dolía el corazón y le dolía su viejo. Tenía escalofríos y un poco de fiebre. Las paredes se cerraban a su alrededor y le susurraban mensajes de muerte. No resistió. Vivir le costaba demasiado. Cerró los ojos y emprendió el viaje. Le dijo adiós a la realidad y saludó a cualquier sitio que albergara, así fuera un pedazo, del alma de su padre.

Primero llegó a un jardín. El gran samán lo adornaba desde el centro y la saludaba meciendo sus ramas. El no está aquí. Está en Otra Parte. Le dijo a Rosa, y ella, entusiasmada por ver de nuevo colores, siguió su camino recorriendo los recuerdos y los gustos de su padre.

Llegó entonces a un lago. El agua la saludó con sus olas livianas y le informó que el no estaba allí. Está en Otra Parte. Gritó un loto rosado. Rosa siguió caminando cada vez más atraída por los nuevos paisajes. Empezó a comprender por qué el padre no regresaba. Ella tampoco quería volver. Se acercó a un cultivo de frutas y se deleitó viendo cómo los pájaros formaban una bandera tricolor mientras comían. Uno amarillo, uno azul, y uno rojo.

Mientras pasaba a través de un guadual, pensó en todo lo que se estaba perdiendo; Un mundo de paisajes y de fantasías, que en la realidad jamás podrían ser posibles. Se estaba perdiendo la felicidad de la naturaleza y del aire puro. Se estaba perdiendo en el mundo de los números y de los vivos. Se alegró de estar donde estaba y se quiso quedar de por vida.

En la biblioteca, el aire cambió. Como un último aliento Rosa exclamó: ya voy papá, por ti, a Otra Parte. El viejo, aún en su viaje, reconoció las palabras y entendió su peligro. Despertó del letargo para salvar a su hija. En el mundo de la imaginación no la encontraría. Su rosa era curiosa, y se distraería hasta perderse. La quería para siempre, y la quería con vida, junto a él. Quería enseñarle y recitarle poemas. Temió perderla y se arrepintió de su viaje eterno y egoísta. La miró dormida, muerta, y llorando dijo: es muy tarde. Ya está en Otra Parte.

Mientras tanto, Rosa llegó a un rosal. Se sintió feliz, se sintió en casa. Saludó a sus hermanas de todos los colores y respiró su mismo perfume. Se despidió de su padre y de su recuerdo, tranquila, sembrando raíces, ya en Otra Parte.

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